La infidelidad, una conversación que nos debemos

La infidelidad es una problemática que afecta a muchas parejas y matrimonios actuales, aunque ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, atravesando no sólo la cultura relacionada a la formación de una familia, sino que se ha visto reflejada en el arte y ha sido condenada por muchas religiones.

Este problema puede tener varias acepciones, pero con el que más se lo relaciona es con la falta a una promesa de fidelidad y exclusividad a su pareja, ya sea matrimonial o de noviazgo. Esto incluye también a quienes ejercen la poligamia, y en algunos aspectos puede aplicarse a las relaciones múltiples producto del poliamor. Incluso, la infidelidad no necesariamente tiene que ser sexual, sino que en muchas oportunidades se trata de una infidelidad emocional, resultando dolorosas por igual dependiendo el género afectado.

Para que nos demos una idea, de acuerdo al estudio “Comportamiento Sexual Americano”, en el que se encuestó a diez mil personas a lo largo de veinte años, un 22 porciento de los hombres casados y un 15 por ciento de las mujeres casadas habían sido infieles a sus cónyuges al menos una vez. Otro estudio reportó que el 25 por ciento de los matrimonios experimentaron algún tipo de infidelidad, especialmente durante los primeros cinco años.

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¿Es realmente algo malo la infidelidad? ¿Es algo que podemos evitar? ¿Podemos hacer que duela menos?

¿Qué puede provocar o potenciar una situación de infidelidad en una persona? La realidad demuestra que los factores que llevan a un individuo a faltar a su palabra son múltiples, y que dependen no sólo de la personalidad de cada uno, sino también con su historia erótica, su insatisfacción (sea sexual, económica, intelectual o social), aburrimiento, curiosidad, sentido de la aventura, crisis emocional o venganza, entre muchas otras. Es decir, no hay un sólo motivo explícito por el que existe la infidelidad, sino que los contextos personales conllevan a tomar ciertas decisiones que pueden -o no- estar equivocadas.

Y es aquí donde deberíamos empezar la discusión. ¿Es realmente algo malo la infidelidad? ¿Es algo que podemos evitar? ¿Podemos hacer que duela menos? Y lo que es más interesante: ¿podremos elevar la conversación a un nivel de madurez que implique ser más abiertos al respecto, y por tanto, más honestos?

Todos sabemos que ciertas verdades duelen, y mucho. Pero con frecuencia, conversar sobre el tema, y ser honestos al respecto puede llevar la relación a otro nivel de confianza. Siempre y cuando estemos de acuerdo y realmente creamos que no nos hará daño.

La psicóloga Esther Perel plantea una nueva manera de mirar hacia los casos de infidelidad, y su visión se basa en la necesidad que existe de “abrir la puerta a una conversación más profunda sobre los valores, la naturaleza humana, llevándonos a formularnos preguntas inquietantes”, pero que rompen con los esquemas que ya vienen dados. Es decir, la conformación de los valores y la condena de los actos de infidelidad, no son más que convenciones sociales que se fueron forjando a medida la sociedad evolucionó.

Si prestamos atención, en el mundo animal son pocas las especies que permanecen con una misma pareja durante el resto de su vida; y el ser humano ha sido infiel desde su existencia. Entonces, el acto de la infidelidad puede que sea una condición natural, juzgada sólo por convenciones, acuerdos sociales que se transformaron en leyes.

Muchos de los actos de engaño se dan por accidente, sin malas intenciones, y a menudo con el alcohol como principal factor interventor en la ecuación. Le puede pasar a cualquiera, y es de las causas más comunes de infidelidad. Esther Perel explica que por más pequeños que sean estos actos, siempre involucran a más personas, ya sean los suegros, los amigos, los vecinos, y con mayor frecuencia a los propios hijos, generando dolor y angustia.

Perel ahonda en la idea de hablar sobre aquello que no nos gusta, ser honestos con nuestra pareja acerca del adulterio y alentar el diálogo para fortalecer las relaciones, volverlas más saludables y resistentes. Será incómodo, pero a la larga sólo traerá claridad. En definitiva, queda en cada persona particular definir si se siente cómodo o no estando en una relación en la que su pareja tuvo relaciones sexuales con alguien más; o bien, prefiere “cortar por lo sano” y seguir su propio camino.

Sea cual fuera la decisión, siempre se debe tener en cuenta que el sexo no siempre está atado al amor, y que muchos casos de infidelidad son tan sólo eso: sexo.

¿Qué piensas? ¿Crees que podemos llegar a un punto en el que se pueda hablar de esta temática abiertamente con nuestra pareja?

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