Amo a mi pareja pero… ¡no quiero vivir con ella!

La convivencia no es tarea fácil. Sea con amigos, con familia o en pareja, la vida conjunta en un apartamento o casa siempre tiene algunos detalles que nos molestan y pueden afectar las relaciones. De todas estas ellas, quizás la más significativa es la convivencia en pareja, no porque sea más importante que vivir con un amigo, sino porque socialmente representa un avance en su vida personal.

Así, existe la idea de que cuando una pareja lleva determinada cantidad de tiempo junta, el siguiente paso a seguir es: casarse o convivir. Pero en esta ecuación entra un nuevo factor, y es el hecho que no todas las personas quieren vivir en pareja, y prefieren reservar su espacio hasta el momento del matrimonio, o la ruptura si las cosas no van bien. De hecho, una encuesta realizada en el Reino Unido reveló que sobre una población de 2.2 millones de personas que están en una relación estable y comprometida, el 23 por ciento vive en casas separadas, sean porque las circunstancias se dieron de esa manera o bien porque fue una decisión en conjunto.

¿Cómo es esto? Simple. Muchas veces las parejas deciden mudarse a un apartamento conjunto por las razones equivocadas, siendo la más frecuente el ahorro de dinero. Las grandes ciudades tienen altos costos respecto a las rentas, y aunque varían considerablemente según la zona en la que se encuentre, la realidad es que el escenario inmobiliario impulsa a los jóvenes a tomar estas decisiones sin darle muchas vueltas o análisis. Además, vivir juntos no sólo reduce gastos en la renta del departamento, sino también en transporte, impuestos y alimentos.

Conscientes de que la convivencia puede ser una decisión apresurada, impulsiva y poco analizada, las parejas actuales tienden a permanecer cada uno en su hogar, organizando reuniones frecuentes y viajes juntos, sin la necesidad de compartir un mismo espacio. Y esta es una tendencia que va en aumento, no sólo en los noviazgos jóvenes sino con más adeptos en las parejas conformadas por individuos que ya pasaron por un matrimonio y van por la segunda vuelta.

Una de las razones por las que se decide no convivir es para mantener la magia, el misterio y la intriga en la relación. Cada individuo tiene pequeñas formas de ser o actuar cuando se encuentra en la seguridad de su hogar, y con frecuencia son detalles tan íntimos que no se muestran cuando se comparte tiempo con la pareja.

Una de las razones por las que se decide no convivir es para mantener la magia, el misterio y la intriga en la relación. 

Cada individuo tiene pequeñas formas de ser o actuar cuando se encuentra en la seguridad de su hogar, y con frecuencia son detalles tan íntimos que no se muestran cuando se comparte tiempo con la pareja.

Por otra parte, vivir separados genera anticipación ante la posibilidad de cualquier encuentro, salida a cenar o visita al parque. Permite a los individuos extrañarse, y preparase para cada cita como si se tratara de la primera, arreglarse para su pareja y dejar de lado la rutina que despierta el pantalón para correr y la cara lavada sin maquillaje.

Pero el motivo más fuerte y que más resuena es la independencia. Las parejas que deciden vivir separadas hasta que la vida los lleve caminando por el altar, lo hacen porque quieren preservar su independencia diaria y tener una vía de escape cuando las cosas no van del todo bien o hubo alguna discusión.

Esto último se observa con más frecuencia sobre las parejas conformadas por individuos que han salido de un divorcio; han enviudado; o que ya tienen familias, tienen hijos grandes y hasta nietos quizá. Este grupo demográfico a menudo decide no mezclar tantas personas en un mismo espacio de convivencia, y prefieren que cada uno tenga su propio espacio para compartir con sus hijos o nietos.

Lo cierto es que estas personas ya estuvieron enamoradas y vivieron esa libertad, felicidad y despreocupación que da estar enamorada; ya experimentaron el matrimonio, y ahora solamente quieren volver a revivir la sensación de ser libre y estar enamorado, sin agregarle complicaciones.

En otros casos, uno de los dos viene de tener una larga y dolorosa relación, y no está preparado para hacer lugar en su hogar para una persona más, o incluso a comprometerse en un cien por cien en el vínculo. Cada persona es un mundo y su historia de vida ayudan a la toma de decisiones de este tipo.

¿Convivir o no convivir? Esa es la pregunta. Sea cual sea la respuesta, será la correcta si ambos creen que es el camino a seguir, así sea vivir separados o estar juntos y revelar los misterios de la vida diaria.

 

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